9, ago
Volar...volar

Me gusta volar, debería haber nacido piloto y haber sabido volar. Cuando sueño, me pasa que tengo un avión en las manos y de repente sé volarlo y todo es tan fácil, que durante el sueño manejo pedales y timón y GPS y controles. Y mi avión imaginario carretea y ruge y siempre, siempre, es a hélice, a turbina y tiene el ruido de una mezcla loca de un P51 y un BMW, el rugido de un Mustang o de un Corvette o de un P38 saliendo rumbo hacia el cielo. No hay caso, nací para volar aunque nunca haya piloteado más que un avioncito del Parque Rodó, pero soñando despierto me siento igual que Snoopy jugando a ser el Barón Rojo en su caseta perruna.
Y me gusta ese tiempo perdido en estaciones de tránsito entre vuelo y vuelo porque, por suerte, sin saber volar lo he podido hacer en alas prestadas, como Ícaro Montgolfier Wright de Bradbury llegando a
Por eso, al ver la foto que un amigo me ha enviado, otra vez, una vez más, he podido volar porque volando -y no importa dónde llegues ni lo que vayas a hacer- está todo dicho. Me gusta esa película de Tom Hanks, la que se pasa un año en tránsito; es el tipo de vida que me gusta, estar en un viaje permanente sin necesidad de llegar, sólo ir, estar viajando, en forma permanente, toda la vida...
Porque llegar es irremisiblemente terminar el viaje y eso no me gusta.
