5, mar
Zingcé Chi Uan

...Las calles desérticas apenas marcadas por la bruma matinal espesa y opaca. Siluetas de casas oscuras recortadas por la tenue luz del amanecer; árboles casi blancos de agua nieve; frío intenso, movido por el viento, me calaba la cara. Mis manos que buscaban el refugio tibio de los bolsillos del pantalón.
...Caminaba apurado rumbo a la estación a tomarme el tren que me llevaría rutinariamente a mi trabajo. Gris a mi alrededor, gris el cielo. Lloviznas intermitentes que hacían apurar el paso. Alguien frente a mí se acerca en sentido contrario, viene lejos aún, y apenas si su silueta oscura se diferencia del paisaje. Pasa demasiado rápido y me roza el brazo, y pronuncia palabras, palabras que quedan allí por un instante suspendidas en el aire. Eran las palabras que he buscado últimamente en mí sin poder encontrarlas, que he perdido, palabras mágicas que repiten mis palabras que creía que solamente yo había encontrado en la China milenaria talladas en piedras enterradas, y perdidas en los bosques a orillas del Yang Tsé Kiang, río azul, que nace en el Tíbet, y que yacen allí aún intactas para que alguien las vuelva a descubrir.
...Aquellas palabras solo guardadas en mí, y que había perdido, ahora estaban en su lugar nuevamente. Mis labios susurrando las repetían una y otra vez como queriendo grabarlas de una vez por todas y no se me escaparían.
...Y ahora, con toda mi sorpresa, allí estaban dibujadas nuevamente en mi mente, sentidas en mi alma, pronunciadas repetidamente por mis labios.
...Giré tratando de ver a ese desconocido que ya no estaba, había desaparecido en la distancia.
...Volví a pronunciarlas y el cielo se abría, los árboles estaban florecientes y llenos de trinos en un instante, las calles tenían colores, se llenaban de personas, el aire se hizo tibio y el solo acariciaba con su luz. Seguí repitiendo las palabras, mi mente rebozaba de pensamientos positivos, mi corazón, hasta hace un rato vacío, volvía a latir de sueños y esperanza. Se volvía a dibujar en mi alma el rostro de mi amor.
...Mis pasos cambiaban de rumbo, ya buscaba otro refugio: el de mi hogar. Mis movimientos tenían vitalidad, mi cuerpo se erguía. Mis sentimientos se hacían luz en mí...
...Allí a pocos pasos mi casa blanca, casa colonial, rodeada de palmeras y casi cubierta de enredaderas. Atravesé corredores iluminados, silenciosos y brillantes de cera. De la vitalidad agresiva de afuera no llegaba hasta allí más que una masa indiscernible de sonidos apagados. Toqué la puerta y se abrió. Entro. Mis hijos y mi esposa amada, sonriendo felices me abrazan y sonríen. Los viejos sillones de estilo, los dibujos, las esculturas, los cofres de cuero y las cajas de porcelana estaban allí en su lugar intactos, dándome la bienvenida, con ese color que da a las cosas el mucho tiempo y el cariño. Mi corazón pletórico de amor por todo se desbordaba.
...Como si no hubiese otro espacio de tiempo entre aquella felicidad y otro pasado, comencé una nueva vida sin recuerdos, sólo vivía y sentía. Pero las palabras que habían vuelto a mí, recordadas por un desconocido que se había cruzado en mi camino, de repente se empezaron a borrar de a una, se confundían con otras, desaparecían.
...Ante el esfuerzo buscándolas en el pasado que no existía, me pareció, por un instante, estar en un lugar en donde nadie podía entrar ni atravesar sus paredes blancas y acolchonadas.
...Tomaré mi abrigo y dentro de un rato me iré a la estación a tomarme el tren...
