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Terra
La Coctelera


Categoría: Mis cuentos

4, may

Era...

deseosinfin En: Mis cuentos

Al despertarme vi la ventana amplia. Mis ojos se encendieron. Sombras sobre el cielo raso.
No podía moverme, no podía tampoco mover mis párpados.
¡Estaba viendo con los ojos cerrados!
Primera comprobación y me dije: es un sueño.
Intenté despertar y fue en vano. ¿Qué estaba pasando?
Sentí en la lejanía gritos, que cada vez estaban más cerca. De pronto el rostro amado de mi esposa lloroso me abrazó.
Vi una avalancha de manos y rostros sobre todo mi cuerpo pero no sentía nada. En mi interior confundido, más lloros se diluían . A cada instante que pasaba comprendía que la ventana era una ilusión, no era algo tangible. Terrible ilusión.
Me asaltó una idea y no podía despegarme de ella: dónde mis cosas, mi ropa, mi dinero, mi trabajo, sin mí todo quedaría quieto. Quién las tomaría, sin sentido  pasaban en ráfagas por la ventana. De pronto, algo cambió bruscamente, todos se fueron; cómo saber que tiempo era mi tiempo y si no era otro tiempo. Algo entendía: me movían, todo cambiaba rapidamente; sentí una negrura infinita, la ventana apenas un punto, rodedo de nubes, al que me aferraba y desapareció. Dejé de comprender. Era la muerte que me llevaba.

20, ago

Alguien sabe.

deseosinfin En: Mis cuentos

Corrían bajo la lluvia que arreciaba. Serpenteaba la carretera y era una mancha gris inalcanzable. Primero deberían llegar a la colina y visualizarla mejor. Y allí, con el auto elegido, se deslizarían a todo velocidad hasta llegar a las puertas mismas del vehículo detenido.Ya sobre la colina y detrás de unos arbustos el panorama se abría a sus ojos. Luces a los lejos ubicaban otra ruta más transitada
Los planes no fallan -decia el Pacho sin arrogancia, sin mística, sin descubrir más su lógica.
Un "asi" desganado, y un movimiento de cabeza afirmando, conformaba a los tres. Tantas veces lo había repetido en los boliches del pueblo que ya no sorprendía.
La tarde se caía sobre el horizonte amenzante de más nubes cargadas de agua, que plomizas, navegaban al sur para anegar más aún aquella carretera.
-Sin el whisky nunca haríamos esto.
La frase quedó flotando como la neblina que levantaba el pasto demasiado mojado.
Todos miraron a Victor.
-Siempre la mosca cae en el dulce, no se distraigan viene una luz para este rumbo.
La atención aquietó al grupo y se ubicaron tácticamente.
La estrategia era que un desconocido de la zona se metiera por esa ruta y su auto se apagara en medio de la correntada que cruzaba un bajo de la carretera. Con el fin de socorrerlo, aparecerían de improviso para "ayudarlos".
El auto sumó una humadera a su forma, y se detuvo tirando agua para los costados
Despavoridos bajaron por la colina, a unos 20 metros del auto se detuvieron y comenzaron a caminar.
El auto apagó las luces y flotaba casi en el torrente. Se acercaron por un costado.
-Hoooola -gritaban, alternándose.
El silencio marcaba la expectativa.
Miraron por el vidrio de las puertas, parecía vacío. Las tocaron, y se abrió la del conductor.
-Por aquí..
Abren y nadie. Solo un cuaderno y una botella de whisky. Desconcertados miran para todos lados
-¿Vieron a alguien?
El silencio decía que no. Abrieron las cuatro puertas, y lo revisaron.
-Mejor nos vamos -dijo Víctor ante las sorpresa de la situación.
La soledad hecha lluvia del lugar los apabullaba.
Joselo entre sus manos ya tenía la botella de whisky, mirando el horizonte cada vez mas oscuro, tomó un sorbo largo.
La pasó a sus amigos de andanzas que sin mirar se prendieron de la botella.
Joselo tomó el cuaderno. Abrió la primera hoja y miró una foto de la misma botella que bebían sus amigos. Segunda hoja segunda foto, la botella vacía. Otra foto, con un embudo la llenaban de un líquido. Cuarta foto, el trasiego se hacía de un envase que decía "veneno". La última foto, un cartel claro, contundente y ampliado...
Los planes fallan, sin que nadie sepa por qué.

Prudencio Hernández Jr (c)2009

14, ago

As de espadas

deseosinfin En: Mis cuentos

En el ocaso de aquellos días, sentía aún el resoplar de la locomotora con sus vagones, el humear de nubes negras cuando su silbido se acercaba al pueblo, y el último vagón, el más mirado, el que todos los amigos corrían por los rieles cuando la subida escarpada lo detenía casi, y le costaba moverse. Se movía sí, pero hacia los costados como buscando fuerza para seguir, siempre lo lograba. Era el momento de saltar y quedarse allí esperando llegar a la cima, y de vuelta en la bajada, antes de llegar a la estación y detenerse.
No había mucho por hacer en aquel pueblo perdido en Rocha lejos de la civilización. El tren traía alegría, cosas nuevas. Iban hasta el andén y veían a la gente bajar, subir, saludarse, desearse buen viaje. Oían el pregón de los que vendían sus alfajores, huevos, queso, flores, revistas. Y ellos ya empachados de civilización volvían al campo.
A Rafael la rutina no lo dejaba crecer, quería saber algo más, llegar hasta donde llegaba el tren a la gran ciudad. Pero: ¿Qué haría allí? Se preguntaba.

Sabía que sin el misterio la vida no existía, sin lo nuevo para saber y crecer tampoco, nadie debería saber de su destino. Tomó una valija vieja, unas cuantas ilusiones, y subió al tren. Los amigos le ayudaron en aquella aventura. El último vagón le protegió cuando se detuvo en el pueblo.Todos sus amigos bajaron. Los vio alejarse con las manos en alto, ahora era a él, a quién despedían...quizás para siempre.
Guardó aquella escena, un cuadro pintado en su alma.

El último vagón era su refugio. El traqueteo del tren era su compañero. Afuera el verde de una primavera hermosa daba brillo a la tarde. Escondido entre grandes baúles. Abrió su pequeña valija, apenas una muda de ropa, una manzana, una mazo de cartas viejas, un reloj grande regalo de su abuela....

Sacó un libro. Una vez su madre antes de morirse le había dicho, un libro es una eterna compañía, él te llevará a otros mundos que jamás visitarás. Su hermano le había conseguido un libro de aventuras de caballeros. La tarde caía, le habían dicho que era un viaje de 10 horas y llegaría entre la luces del amanecer a Montevideo. Ya era el atardecer. Un rey había llamado a la Muerte para guerrear a su lado y que no lo abandonara. Su presencia en el castillo propició al Rey para liberarse de sus enemigos, unos amanecieron ahorcados, su principal ministro apuñalado, una dama envenenada yacía al pie de su portal. El Rey agradecía a la Muerte su ayuda. En los torneos de palacio el Rey veía como la Muerte aniquilaba a sus rivales. Llegó el día de guerrear y la Muerte debía montar su corcel negro y acompañar al Rey a los campos de batalla. Nada detenía al Rey y a la Muerte, se apoderaban de sus rivales y de la Gloria eterna. Quebraba, arrancaba, cortaba, los masacraba a los ejércitos enemigos. La Muerte era su fiel seguidor. Pero las batallas se terminaron y el Rey cansado quiso despedir a la Muerte, y la Muerte le dijo al Rey de volver a palacio, que debía terminar su misión y que lo esperaba a él, en esa madrugada, para cabalgar juntos en su última visita por esas comarcas. El rey sumiso dijo que sí. Simulando se retiró a sus aposentos queriendo escapar, corrió por los pasadizos secretos, llegó a las caballerizas ensilló el corcel más oscuro y salió en la noche cerrada a campo traviesa. Galopando, galopando, se dio cuenta que su caballo era más negro que las tinieblas, y jamás volvería de la oscuridad.
El tren seguía en su rutina de kilómetros. Levantó los ojos del libro, ya no veía para leer. La noche desplegaba su manto de total oscuridad. Intentó abrir la ventana para dejar entrar algún reflejo de la luna que imaginaba salía por el otro lado. Se durmió en el frescor de aquella noche serena.
Entre las hojas de aquel extraño libro de caballería que yacía a sus pies, una luz asomaba de su interior y al unísono salió un as de espadas acerado, giró en el aire, brilló por un instante como una luz mala en la noche, ...y se clavó en su corazón.

Prudencio Hernández Jr. (C) 2009

1, ago

Sin prejuicios.

deseosinfin En: Mis cuentos

Enfurecida noche de largas lágrimas frías del cielo gris. La calle cerrada de negro. La senda de las luces había desaparecido. Alguna luz alta guiaba aún.
Un segundo pensé en tu piel blanca alumbrándome. Salir así provocaba desasosiego en la mente. Los peligros de la noche parecían acechar, pero dormitaban en la realidad. Tenía que acortar la distancia entre tu casa y la mía y encontrarte aceleraba el pulso.
Los chasquidos del agua despedían notas y éstos música. Un saxo vibraba en una plegaria para abrazarte. Seguí aquel sonido vivo o imaginado. Debía, de todos modos, recorrer los pasos de siempre para encontrarte. Entre mis ojos se metió tu imagen fija como las columnas del alumbrado. Para darte vida comenzabas a bailar en mi mente, sobre el asfalto encharcado. Te imaginaba toda bajo la lluvia que arreciaba. Se descomponía tu cuerpo ante tanta niebla y tu vestido de gasa se evaporaba.
Creía perderte entre las inclemencias del clima. Sé que grité tu nombre y como trueno se abrió la noche. Flotabas entre los rosedales de la vereda, te ibas. Corrí dejando la vida en cada paso, quería alcanzarte. Todo se volvía oscuridad provocadora cuando mis manos te tocaban.
Al fin frente a tu casa. Pequeños fragmentos se ordenaban en mi memoria. Esa no era. Me preguntaba dónde estabas, dónde me llevó tu sombra. Una ventana se enciende. Lo sabía como se sabe la tierra bajo los pies, hilos invisibles me llevaban a ti. Te contemplé desnuda hacer el amor con tu amante, a sexo violento eras sometida, pero gozabas. Mis deseos se mezclaban, encendiendo la llama de tu cuerpo.
Ya nada me separaba de tí, éramos tres haciendo el amor.

5, mar

Zingcé Chi Uan

deseosinfin En: Mis cuentos

...Las calles desérticas apenas marcadas por la bruma matinal espesa y opaca. Siluetas de casas oscuras recortadas por la tenue luz del amanecer; árboles casi blancos de agua nieve; frío intenso, movido por el viento, me calaba la cara. Mis manos que buscaban el refugio tibio de los bolsillos del pantalón.
...Caminaba apurado rumbo a la estación a tomarme el tren que me llevaría rutinariamente a mi trabajo. Gris a mi alrededor, gris el cielo. Lloviznas intermitentes que hacían apurar el paso. Alguien frente a mí se acerca en sentido contrario, viene lejos aún, y apenas si su silueta oscura se diferencia del paisaje. Pasa demasiado rápido y me roza el brazo, y pronuncia palabras, palabras que quedan allí por un instante suspendidas en el aire. Eran las palabras que he buscado últimamente en mí sin poder encontrarlas, que he perdido, palabras mágicas que repiten mis palabras que creía que solamente yo había encontrado en la China milenaria talladas en piedras enterradas, y perdidas en los bosques a orillas del Yang Tsé Kiang, río azul, que nace en el Tíbet, y que yacen allí aún intactas para que alguien las vuelva a descubrir.
...Aquellas palabras solo guardadas en mí, y que había perdido, ahora estaban en su lugar nuevamente. Mis labios susurrando las repetían una y otra vez como queriendo grabarlas de una vez por todas y no se me escaparían.
...Y ahora, con toda mi sorpresa, allí estaban dibujadas nuevamente en mi mente, sentidas en mi alma, pronunciadas repetidamente por mis labios.
...Giré tratando de ver a ese desconocido que ya no estaba, había desaparecido en la distancia.
...Volví a pronunciarlas y el cielo se abría, los árboles estaban florecientes y llenos de trinos en un instante, las calles tenían colores, se llenaban de personas, el aire se hizo tibio y el solo acariciaba con su luz. Seguí repitiendo las palabras, mi mente rebozaba de pensamientos positivos, mi corazón, hasta hace un rato vacío, volvía a latir de sueños y esperanza. Se volvía a dibujar en mi alma el rostro de mi amor.
...Mis pasos cambiaban de rumbo, ya buscaba otro refugio: el de mi hogar. Mis movimientos tenían vitalidad, mi cuerpo se erguía. Mis sentimientos se hacían luz en mí...
...Allí a pocos pasos mi casa blanca, casa colonial, rodeada de palmeras y casi cubierta de enredaderas. Atravesé corredores iluminados, silenciosos y brillantes de cera. De la vitalidad agresiva de afuera no llegaba hasta allí más que una masa indiscernible de sonidos apagados. Toqué la puerta y se abrió. Entro. Mis hijos y mi esposa amada, sonriendo felices me abrazan y sonríen. Los viejos sillones de estilo, los dibujos, las esculturas, los cofres de cuero y las cajas de porcelana estaban allí en su lugar intactos, dándome la bienvenida, con ese color que da a las cosas el mucho tiempo y el cariño. Mi corazón pletórico de amor por todo se desbordaba.
...Como si no hubiese otro espacio de tiempo entre aquella felicidad y otro pasado, comencé una nueva vida sin recuerdos, sólo vivía y sentía. Pero las palabras que habían vuelto a mí, recordadas por un desconocido que se había cruzado en mi camino, de repente se empezaron a borrar de a una, se confundían con otras, desaparecían.
...Ante el esfuerzo buscándolas en el pasado que no existía, me pareció, por un instante, estar en un lugar en donde nadie podía entrar ni atravesar sus paredes blancas y acolchonadas.
...Tomaré mi abrigo y dentro de un rato me iré a la estación a tomarme el tren...